¡Hola a todos! Hoy les
traemos un post un poco distinto: vamos a detenernos en una práctica muy
importante para aprender de la naturaleza: registrar. Para pensar este
tema, nos vamos a apoyar en algunas ideas de Melina Furman, investigadora y
educadora argentina, referente en la enseñanza de las ciencias, especialmente
por su mirada sobre cómo acercar el pensamiento científico a los niños desde
edades tempranas de su libro Furman, M., et al. (2019). Aprender ciencias en
el jardín de infantes. Aique Grupo Editor.
Muchas veces, cuando
venimos a la Chacra, creemos que aprender ciencias es mirar. Y sí, mirar es
fundamental. Pero Furman nos recuerda algo muy importante: mirar no alcanza.
Para aprender en profundidad necesitamos también registrar. Es decir, dejar
alguna huella de lo que observamos, pensamos, preguntamos, medimos o
descubrimos. Registrar puede parecer algo simple: anotar, dibujar, sacar una
foto, hacer una tabla, escribir una pregunta. Pero, en realidad, es una
práctica poderosa. Porque cuando registramos, no solo guardamos información:
también organizamos el pensamiento, volvemos sobre lo vivido y empezamos a
construir explicaciones.
Furman habla del
registro como una forma de ayudar a desarrollar el pensamiento. Dice que los
dibujos, esquemas, textos y símbolos funcionan como una “memoria externa”. Esa
expresión nos gusta mucho para pensar lo que hacemos en la Chacra. Porque la
naturaleza cambia todo el tiempo, y si no dejamos registro, muchas veces esos
cambios se nos escapan.
Una planta no crece de golpe. El compost no se transforma de un día para el otro. Las estaciones no llegan con un cartel que diga “hoy empieza algo nuevo”. Los procesos naturales suelen ser lentos, pequeños, acumulativos. Por eso registrar nos permite volver atrás y decir: mirá, hace una semana esta hoja estaba verde; ahora está amarilla.
Mirá, este brote medía dos centímetros y ahora mide seis. Mirá, antes no había hongos y ahora aparecieron. Mirá, el suelo estaba seco, después llovió y cambió su olor, su color, su textura. El registro nos ayuda a reconocer esos pequeños cambios que, de otro modo, podrían pasar desapercibidos.
Registrar no es copiar: es
pensar con las manos, los ojos y las palabras
A veces se piensa que
registrar es simplemente “pasar en limpio” algo que ya sabemos. Pero en una
experiencia educativa viva, registrar es mucho más que eso. Registrar es una
forma de pensar.
Cuando un niño, niña o
adulto dibuja una hormiga después de observarla, tiene que tomar decisiones:
¿cuántas patas le dibujo?, ¿dónde van las antenas?, ¿cómo es su cuerpo?, ¿tiene
alas?, ¿qué parte es más grande?, ¿qué detalle me llamó la atención? En ese
dibujo aparecen sus ideas, sus dudas, sus hipótesis y también sus
descubrimientos.
Furman distingue algo
que nos parece muy importante: no es lo mismo un dibujo artístico que una
ilustración científica. Los dos son valiosos, pero tienen propósitos distintos.
En un dibujo artístico puedo inventar colores, exagerar formas, imaginar una
historia. En un registro científico, en cambio, se intenta representar lo
observado “tan precisamente como sea posible”. No porque uno sea mejor que el
otro, sino porque cada uno nos invita a mirar de una manera diferente.
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| dibujos de Betina Larghero (@betituquest) |
En la chacra solemos
concentrarnos en el dibujo científico porque queremos enseñar a aprender a detenerse, observar con atención, comparar,
encontrar detalles y hacerse preguntas sobre algo que están viendo, no
imaginando. Un dibujo de una mariposa puede ser hermoso y libre; pero también
puede convertirse en una oportunidad para mirar las alas, las patas, las
antenas, los colores reales, la forma del cuerpo, el lugar donde estaba posada.
Ahí aparece una
pregunta clave para quien guía: ¿qué queremos que ese registro ayude a pensar?
No todos los registros
tienen que ser iguales. A veces necesitamos un dibujo. Otras veces, una lista.
Otras, una tabla. Otras, una foto. Otras, una frase breve sugerida por el
docente. Otras, una medición con regla, con hilo, con pasos o con marcas en un
palito. Lo importante es que el registro tenga sentido dentro de la
experiencia.
La naturaleza como laboratorio vivo
En la Chacra Educativa,
el registro tiene un lugar central porque trabajamos con procesos reales. No
observamos imágenes quietas en una pantalla: observamos seres vivos, suelos,
agua, semillas, animales, hongos, frutos, hojas, rastros. Todo eso cambia. Y
justamente porque cambia, necesitamos volver a mirar.
Una de las ideas más potentes del capítulo de Furman es que el registro permite volver sobre los datos y sacar conclusiones. No se trata solo de guardar recuerdos bonitos de una actividad, sino de construir evidencia.
La autora pone como
ejemplo el observar platos con alimentos en distintas condiciones —uno húmedo,
uno seco, uno frío—. No alcanza con decir “se pudrió más este” sino que hay que
mirar qué cambió, cuándo cambió, dónde aparecieron manchas, de qué color eran,
si crecieron, si olían distinto, si todos los alimentos cambiaron igual.
Para eso, una tabla
puede ser una gran aliada. Aunque para los niños sea desafiante, una tabla
ayuda a ordenar el pensamiento: qué observamos, en qué día, en qué condición,
en qué grupo, qué cambió y qué no. En la Chacra hacemos cosas parecida con
semillas, frutas, hojas, tierra o compost, hongos.
También podemos
comparar registros de distintos grupos. Un grupo puede haber observado más el
color; otro, el olor; otro, el tamaño; otro, la presencia de insectos. Cuando
se comparten esos registros, la mirada se amplía. Cada estudiante descubre que
no todos observamos lo mismo. Y eso es una enseñanza enorme: a mirar u observar también se
aprende.
La fotografía como memoria y
como pregunta
Furman también destaca
el valor de las fotografías. Una foto permite volver a mirar algo que ya pasó.
Podemos ampliar la imagen, descubrir detalles que no habíamos visto, comparar
una foto de hoy con otra de la semana pasada, conversar sobre qué se eligió
fotografiar y por qué.
La fotografía también
nos permite conocer la perspectiva de quien toma la imagen. A veces los adultos
creemos saber qué es lo importante pero cuando les damos una cámara o les
pedimos que elijan qué registrar, aparecen otras prioridades: una piedra con
forma rara, una hoja mordida, una sombra, una huella, una flor pequeña que casi
nadie vió, una gota de agua sobre una planta.
El registro, entonces,
no solo documenta la naturaleza. También documenta la mirada de quien observa.
Registrar lo invisible
Hay fenómenos que no
se ven directamente. La fuerza, el viento, el crecimiento, la descomposición,
la humedad, la temperatura, el paso del tiempo. No siempre podemos verlos como
“cosas”, pero sí podemos ver sus efectos. En la Chacra esto sucede todo el
tiempo. No vemos la vida microscópica del suelo, pero vemos que una tierra
fértil sostiene plantas más fuertes. No vemos el trabajo interno de los hongos
y bacterias, pero vemos que los restos orgánicos se transforman. Registrar nos ayuda
a representar esos procesos invisibles. Podemos dibujar flechas para mostrar el
movimiento del viento, hacer secuencias de imágenes para mostrar el crecimiento
de una planta, usar colores para marcar zonas húmedas y secas, hacer mapas de
recorridos de hormigas, medir sombras a distintas horas, anotar olores,
temperaturas, texturas. Así, el registro se convierte en un puente entre lo que
vemos y lo que pensamos.
La libreta de campo: una compañera de exploración
En la Chacra nos gusta
pensar el registro como una libreta de campo, aunque esa libreta pueda tener
muchas formas. Puede ser un cuaderno individual, una carpeta del grupo, un
afiche colectivo, una tabla, una caja con dibujos, una secuencia de fotos, una
bitácora. La libreta de campo no tiene que ser perfecta. No es un cuaderno de
prolijidad. Es un lugar para explorar. Puede tener manchas de tierra, palabras
incompletas, dibujos rápidos, flechas, preguntas, fechas, medidas, colores,
intentos. Lo importante es que sea una herramienta para pensar.
Una buena libreta de
campo puede incluir:
●
fecha y lugar de la observación;
●
dibujos de lo observado;
●
palabras nuevas;
●
preguntas que surgieron;
●
medidas o comparaciones;
●
cambios registrados a lo largo del
tiempo;
●
hipótesis: “creemos que pasó
porque…”;
●
conclusiones provisorias;
●
nuevas preguntas para seguir
investigando.
Decimos “conclusiones
provisorias” porque en ciencias las ideas pueden cambiar. Eso también lo enseña
el registro. Lo que pensamos al comienzo de un proyecto puede no ser lo mismo
que pensamos al final. Y eso no significa que antes “estaba mal”, sino que aprendimos
más.
El registro como conversación
Uno de los puntos más
lindos que menciona Furman es que el registro no queda encerrado en el papel.
El registro sirve para conversar. Después de dibujar, escribir o fotografiar,
viene una parte fundamental: volver sobre eso con otros. ¿Qué quisiste mostrar?
¿Por qué lo dibujaste así? ¿Dónde estaba eso que observaste? ¿Qué cambió desde
la última vez? ¿Cómo te diste cuenta? ¿Qué parte te resultó difícil? ¿Qué
pregunta te quedó? Estas preguntas nos permiten entrar en la forma de pensar
del niño. Tratar de comprender qué vio, qué interpretó, qué relaciones hizo.
Furman dice que los registros pueden convertirse en una “ventana a las ideas de
los niños”.
En la Chacra, esa conversación suele darse al final de una actividad, sentados en ronda, mirando los dibujos del grupo. O puede darse al comienzo de la siguiente visita, cuando recuperamos lo registrado y preguntamos: ¿dónde habíamos quedado?, ¿qué queríamos averiguar?, ¿qué esperábamos que pasara?, ¿pasó eso?, ¿qué vemos ahora? O bien, y como en general sucede al regresar al aula donde el docente responsable del grupo continúa la ardua tarea de enseñar a aprender.
Registrar también es evaluar
Furman plantea otra
idea clave: la evaluación no debería aparecer solo al final del proceso, como
si aprender fuera caminar a ciegas y recién después mirar qué pasó. La
evaluación puede pensarse desde el comienzo, como una colección de evidencias
que vamos reuniendo durante todo el recorrido.
Esto es especialmente
importante en la Chacra. Muchas veces, el aprendizaje no se ve en una respuesta
única. Se ve en una pregunta mejor formulada, en una observación más precisa,
en una comparación que antes no aparecía, en una palabra nueva que permite
nombrar algo, en un dibujo que muestra más detalles, en una hipótesis que se
anima a explicar.
Un niño que al
principio dice “hay bichos” y luego puede decir “encontramos lombrices,
hormigas y pequeños insectos debajo de las hojas húmedas” aprendió a mirar
mejor. Un estudiante que primero dibuja una planta como una línea verde y
después agrega raíz, tallo, hojas y flor, está reorganizando su comprensión. Un
grupo que al comienzo cree que todas las semillas crecerán igual y luego
registra diferencias según el riego o la luz, está construyendo pensamiento
científico. El registro permite ver esos cambios. Por eso también es una
herramienta para las y los maestras. Nos ayuda a acompañar procesos, no solo
resultados.
Una pedagogía de la atención
En tiempos de rapidez,
registrar nos invita a ir más lento. Nos pide detenernos. Mirar otra vez.
Elegir una palabra. Hacer una marca. Dibujar un detalle. Comparar. Preguntar.
Por eso, en la Chacra,
registrar no es una actividad secundaria. No es “lo que hacemos si queda
tiempo”. Es parte del corazón de la experiencia. Porque queremos que los niños
no solo pasen por la naturaleza, sino que aprendan a construir una relación
atenta con ella.
Registrar es aprender a mirar una hoja
como si fuera importante.
Es descubrir que una hormiga tiene cuerpo, dirección, recorrido.
Es notar que el suelo no es “tierra” solamente, sino un mundo lleno de vida.
Es comprender que una fruta que se pudre no desaparece: se transforma.
Es entender que el viento no se ve, pero deja señales.
Es aprender que una pregunta puede crecer igual que una semilla.
Melina Furman nos
recuerda que los registros ayudan a organizar, planificar, compartir y
reflexionar. En la Chacra, además, sentimos que registrar es una manera de
estar presentes. De decir: esto que vimos importa. Este cambio merece ser
observado. Esta pregunta puede abrir un camino. Esta experiencia puede
continuar.
Porque cuando un niño
o niña registra, no está solamente dibujando una planta, una hormiga o una
mariposa. Está ensayando una forma de conocer el mundo.
Y tal vez ese sea uno
de los aprendizajes más valiosos que podemos ofrecer: enseñar a mirar con
curiosidad, a pensar con otros y a dejar huellas para seguir aprendiendo.
Bibliografía
Furman, M., et al.
(2019). Aprender ciencias en el jardín de infantes. Aique Grupo Editor.
Gracias Betina Larghero por tus ilustraciones. @betituquest
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