| pichón de tero |
¡Hola a todos! ¿Cómo
están? Hoy queremos invitarlos a descubrir algo que sucede a nuestro alrededor
todo el tiempo, aunque muchas veces no lo notemos. En un pastizal, sobre la
corteza de un árbol o entre las hojas de una planta, puede haber un animal perfectamente
visible y, sin embargo, ser casi imposible de encontrar. ¿Cómo puede ser?
Para empezar a
responder esta pregunta, tenemos que pensar en una relación tan antigua como la
propia vida animal: la que existe entre los depredadores y sus presas. Para unos,
encontrar alimento puede significar sobrevivir un día más. Para otros, advertir
un peligro a tiempo puede marcar la diferencia entre vivir y morir. Y, a lo
largo de millones de años, esta relación ha sido uno de los motores de la
evolución.
Una historia de persecuciones, defensas y adaptaciones
Pensemos en la enorme
variedad de recursos que encontramos en el mundo animal. Hay depredadores
capaces de correr a gran velocidad, aves rapaces con una vista extraordinaria,
felinos que se acercan silenciosamente a sus presas, murciélagos que se
orientan por los ecos de sus sonidos y serpientes que detectan señales
difíciles de percibir para nosotros. Pero las presas tampoco están indefensas:
algunas corren, vuelan o nadan muy rápido; otras poseen oídos sensibles, ojos
que permiten vigilar una gran parte del entorno, caparazones, espinas,
sustancias desagradables o comportamientos que advierten a sus compañeras de un
peligro.
Cada una de estas
características tiene una historia evolutiva. Cuando una variación heredable
ayuda a un animal a sobrevivir y reproducirse en determinado ambiente, puede
volverse más frecuente en las siguientes generaciones. Y cuando cambian los
depredadores, las presas o el propio ambiente, también pueden cambiar las
ventajas de una característica.
A veces se habla de
una “carrera evolutiva” entre depredadores y presas. No quiere decir que los
animales decidan mejorar sus habilidades ni que la evolución tenga una meta:
hablamos de pequeños cambios que se acumulan a lo largo de muchísimas generaciones.
Sin embargo, no todas
las estrategias consisten en ser más rápido, más fuertes o tener mejores
sentidos. Existe otra posibilidad tan sorprendente como eficaz: pasar desapercibido. No escapar de
quien nos busca, sino lograr que no nos encuentre. No perseguir a una presa,
sino acercarnos sin que advierta nuestra presencia.
Estar ahí y que nadie nos vea.
A esta estrategia la
llamamos camuflaje. Un animal
puede confundirse con los colores y las formas de su ambiente, romper
visualmente el contorno de su cuerpo mediante manchas o franjas, o parecerse
tanto a un elemento del paisaje que quien lo observa no logra reconocerlo. No
es necesario que sea completamente invisible: muchas veces basta con que el
depredador tarde unos segundos más en descubrirlo.
| familia de lechucitas de campo |
Imaginemos un ave buscando alimento en un campo. Mientras camina, distingue hojas, tierra, pequeñas piedras, ramitas y pastos secos. En medio de ese paisaje hay un nido con huevos. Están allí, a la vista, pero sus manchas y colores se parecen tanto al suelo que cuesta distinguir sus formas. Algo semejante sucede con el plumaje de muchas crías de aves que anidan en el suelo. Durante sus primeros días, cuando aún no pueden escapar con facilidad, pasar desapercibidas puede ser una gran defensa.
| huevos de tero |
El camuflaje no depende solamente del color. También importan los dibujos del cuerpo, la textura, la forma de colocarse y, sobre todo, el lugar elegido. Un animal de tonos arenosos puede resultar difícil de descubrir entre piedras claras y muy visible sobre hojas verdes.
| camoatí de avispas |
Lo que para nosotros parece un buen escondite puede ser muy diferente para un ave, una lagartija o un mamífero: cada uno percibe el mundo con sentidos y capacidades visuales particulares.
Cuando el cuerpo parece una hoja, una rama o una corteza
Algunos de los
ejemplos más asombrosos aparecen entre los insectos. ¿Alguna vez observaron una
rama que parecía moverse sola? Los llamados insectos palo tienen cuerpos
delgados y alargados, patas que recuerdan pequeñas ramitas y comportamientos
que ayudan a completar el engaño. Muchas veces permanecen quietos o se
balancean suavemente, de un modo parecido al movimiento de la vegetación con el
viento.
Otros insectos
parecen hojas. Sus alas pueden tener nervaduras, bordes y tonalidades que
recuerdan a las plantas que los rodean. Incluso hay especies cuyos cuerpos se
asemejan a hojas secas o deterioradas. Y algunos insectos marrones, cuando se
posan sobre un tronco, se confunden con las irregularidades de la corteza.
Esconderse también sirve para cazar
Hasta ahora pensamos
principalmente en animales que intentan evitar ser comidos. Pero el camuflaje
también puede favorecer a quienes buscan alimento. Un depredador que pasa
inadvertido tiene más posibilidades de acercarse a su presa o de sorprenderla
desde un sitio de espera.
Pensemos en una araña
de colores parecidos a la arena, que puede resultar poco evidente sobre el
suelo. O en una lagartija que se mueve entre hojas y pastos, donde su cuerpo se
distingue menos.
También hay animales que permanecen inmóviles durante largos períodos, esperando a que una presa se acerque. Muchas mantis, por ejemplo, se confunden con la vegetación mientras esperan a los insectos de los que se alimentan. Su apariencia y su paciencia trabajan juntas: no necesitan perseguir constantemente, sino evitar ser descubiertas antes del momento de atacar.
Un color ayuda… pero solo en el lugar adecuado
Miremos ahora esta
ranita verde. Entre las hojas, su color puede ayudarla a pasar desapercibida.
Pero en la fotografía aparece también una pared blanca. ¿Qué sucede cuando el
fondo cambia? Aquello que entre la vegetación la disimula puede hacerla mucho
más visible contra una superficie clara.
Lo mismo podemos
preguntarnos al observar una oruga sobre una planta. ¿Cuánto tardaríamos en
encontrarla si no supiéramos que está allí? ¿Y si la hoja tuviera otro color?
El camuflaje no es
una propiedad mágica que vuelve invisible a un animal en cualquier parte:
funciona en relación con el entorno, con la luz, con el movimiento y con los
ojos de quien mira.
Aprender a mirar lo que parece invisible
Volvamos a nuestra
chacra, al jardín, a una plaza o a un camino entre pastos. ¿Cuántos animales
habremos tenido cerca sin llegar a verlos? ¿Cuántas veces miramos una rama sin
imaginar que podía haber un insecto sobre ella? ¿Cuántas hojas nos parecieron
vacías cuando, en realidad, sostenían una oruga?
Podemos hacer una
pequeña experiencia: salir a observar con calma, elegir una planta, un tronco o
un sector de suelo y permanecer unos minutos mirando sin tocar ni mover nada.
Después, cambiar de posición y volver a observar. Tal vez aparezca un animal
que antes no habíamos distinguido.
Podemos
fotografiarlo, dibujarlo y preguntarnos: ¿qué partes de su cuerpo se parecen al
entorno?, ¿cómo influye la luz?, ¿qué ocurriría si se moviera?, ¿podría estar
escondiéndose de alguien o esperando alimento?
Estas preguntas nos
recuerdan algo importante: no todo lo que existe a nuestro alrededor llama
nuestra atención. A veces, para descubrir la vida que nos rodea, no necesitamos
caminar más lejos ni encontrar animales extraordinarios. Necesitamos
detenernos, mirar un poco más y tener paciencia.

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