Las flores más allá de la flor

23 septiembre, 2026

¡Hola a todos y todas!

Hace ya un tiempo dedicamos un post a conocer un poco más el gran mundo de las flores. En aquella oportunidad nos detuvimos en su función dentro de la planta: hablamos de polen, néctar, polinizadores y de ese extraordinario proceso que permite la reproducción de muchas especies vegetales. Si quieren volver a visitarlo, pueden encontrarlo aquí: Un pequeño vistazo al gran mundo de las flores. También una vez dedicamos palabras a las flores que no parecen flores: Flores verdes. En otro momento en una simple recorrida de minutos por la Chacra fotografiamos todas las fotos que se cruzaron a nuestro paso:"Cazando" flores

Pero esta vez queremos mirar las flores desde otro lugar. Porque una flor no termina su historia cuando comprendemos para qué sirve en una planta. Desde hace miles de años los seres humanos las cortamos, cultivamos, regalamos, olemos, pintamos, escribimos sobre ellas y las colocamos en algunos de los momentos más importantes de nuestra vida. Hay flores en los nacimientos y en las despedidas. En las bodas y en los cementerios. Las regalamos para decir «te quiero», para pedir disculpas, para felicitar o simplemente para hacerle saber a alguien que pensamos en él. Con ellas fabricamos perfumes, adornamos nuestras casas y nuestras fiestas. Algunas incluso llegaron a representar ciudades, pueblos y países enteros.



Entonces podríamos hacernos otra pregunta:

¿Cómo llegó una estructura destinada originalmente a la reproducción de una planta a significar tantas cosas para nosotros?

Cuando una flor se convierte en símbolo

Quizás una de las cosas más curiosas de las flores sea nuestra capacidad para ver en ellas algo que va mucho más allá de su forma, su color o su perfume.

Hace aproximadamente cuatro mil años, por ejemplo, en el antiguo Egipto, la flor que solemos llamar loto egipcio —en realidad una especie de nenúfar— tenía una enorme importancia simbólica. Como sus flores se cierran durante la noche y vuelven a abrirse por la mañana, los antiguos egipcios relacionaron este movimiento con la salida diaria del Sol. Por eso apareció asociada a ideas como el renacimiento, la renovación y la creación. No es casualidad que podamos encontrarla representada una y otra vez en objetos, pinturas y construcciones egipcias. Por eso apareció asociada a ideas como el renacimiento, la renovación y la creación. Esta importancia no aparece solamente en los textos o las pinturas: también la encontramos en objetos depositados en contextos funerarios. Un pequeño modelo de flor conservado hoy en el Metropolitan Museum of Art fue hallado en Deir el-Bahri, en Tebas, dentro del complejo funerario del faraón Mentuhotep II, y posiblemente formaba parte de una ofrenda funeraria. Model Lotus Flower — The Metropolitan Museum of Art . 

Aquí ocurrió algo interesante: los egipcios observaron una característica real de una planta, pero a partir de ella construyeron un significado. Y eso es algo que hemos hecho en culturas muy distintas y durante miles de años.

Reunirse simplemente para mirar flores

En Japón existe una tradición que muestra hasta qué punto una flor puede formar parte de la vida colectiva de una sociedad.

Cada primavera, cuando comienzan a florecer los cerezos, parques y jardines se llenan de personas que se reúnen debajo de ellos. Familias, amigos y compañeros de trabajo comen, conversan y contemplan juntos la floración. Esta costumbre recibe el nombre de hanami, que podríamos traducir aproximadamente como «contemplar las flores». Sus antecedentes son muy antiguos y la costumbre fue transformándose a lo largo de los siglos. La contemplación de las flores estuvo vinculada a reuniones, ofrendas, comidas y también a la escritura de poesía. Con el tiempo se convirtió en una práctica compartida por sectores cada vez más amplios de la sociedad japonesa. (Bajo los cerezos en flor — Organización Nacional de Turismo de Japón ) Además, la flor del cerezo dura muy poco tiempo. Después de alcanzar su máximo esplendor, los pétalos comienzan rápidamente a caer. Esa característica hizo que el sakura quedara asociado también con una idea muy humana: la belleza puede ser intensa precisamente porque no dura para siempre. 

Hay algo hermoso en esta costumbre: aquí las personas no recogen necesariamente la flor para llevársela a su casa.

Son ellas las que van hacia la flor.

Durante algunos días del año, una floración se convierte en motivo suficiente para reunirse.

También en Uruguay disfrutamos a los bellos cerezos del Museo Blanes en la calle Millán.

Flores para recordar a quienes ya no están

Pero las flores no solamente acompañan la alegría. También aparecen cuando necesitamos recordar.

En México, durante las celebraciones del Día de los Muertos, las flores ocupan un lugar fundamental. Especialmente el cempasúchil, de vivos colores amarillos y anaranjados. 

En muchas comunidades se colocan pétalos y flores formando caminos entre los altares, las casas y los cementerios. Dentro de la tradición, su color y su intenso aroma ayudan simbólicamente a señalar el camino que deben seguir los seres queridos fallecidos para regresar durante esos días. Las flores forman parte de las ofrendas junto a fotografías, alimentos, velas y objetos relacionados con quienes son recordados. Muchas flores en una: el cempazúchitl — Revista ¿Cómo ves?, UNAM  Para quienes vieron la pelicula Coco (2017) recordarán el protagonismo que tienen las flores. Porque somos mexicanos festejamos a nuestros difuntos — UNAM Global 

Podemos ver nuevamente cómo la misma estructura vegetal que atrae a un insecto mediante su color y su perfume puede ser utilizada por nosotros para construir memoria. Las flores se transforman entonces en una manera de mantener presente a alguien que ya no podemos ver.

¿Se puede hablar con flores?

Durante el siglo XIX se produjo en Europa y posteriormente en otros lugares una verdadera moda relacionada con el significado de las flores.

Fue conocida como floriografía, o «lenguaje de las flores».

Durante la época victoriana circularon libros y diccionarios que asignaban diferentes significados a las plantas. Elegir determinadas flores para un ramo podía convertirse así en una forma de expresar amistad, amor, afecto, rechazo o recuerdo. En reuniones y celebraciones también se llevaban pequeños ramos y existían incluso objetos especialmente fabricados para sostenerlos. La moda alcanzó una enorme difusión entre las décadas de 1820 y 1880, especialmente en Gran Bretaña y Estados Unidos, y dio lugar a numerosos manuales destinados a “descifrar” esos mensajes. Uno de los antecedentes más importantes fue El lenguaje de las flores, publicado en Francia en 1819 por Charlotte de La Tour, que reunía unos 300 significados asociados a diferentes flores. (The Language of Flowers: a Lover's Code — Royal Horticultural Society)

Pero hay algo importante que aclarar. No existía un único diccionario universal. Los distintos libros podían asignar significados diferentes —e incluso contradictorios— a una misma flor. Por eso debemos tener cuidado cuando actualmente encontramos frases como «esta flor significa exactamente tal cosa». El significado de una flor depende de la época, del lugar y de la cultura. Y seguramente siga cambiando.

Las flores también pueden decir de dónde somos

No necesitamos viajar demasiado lejos para encontrar otro ejemplo.

En Uruguay tenemos al ceibo (Erythrina crista-galli), cuya flor roja fue elegida como nuestra Flor Nacional. También lo es de Argentina. En Uruguay es una especie propia de nuestros ambientes naturales, frecuente especialmente en zonas húmedas y asociada a ríos, arroyos y bañados.

Cuando decimos que una flor es «nacional», está ocurriendo nuevamente una transformación. La flor sigue perteneciendo al árbol y cumpliendo sus funciones biológicas, claro. Pero al mismo tiempo las personas comenzamos a verla como una representación de un territorio, de una historia y de una comunidad.

Por eso encontramos flores en escudos, canciones, pinturas, poemas, celebraciones y relatos populares.

Una planta puede formar parte de un paisaje. Pero también puede formar parte de nuestra identidad.

Del nombre de una flor a la poesía

El escritor belga Maurice Maeterlinck, premio Nobel de Literatura y autor de La inteligencia de las flores, prestó mucha atención a esa relación entre las plantas y nuestra imaginación.

En determinado momento del libro habla de una pequeña planta, la Nigella damascena, que recibió nombres populares tan curiosos como «Cabellos de Venus», «Diablo en el matorral» o «Bella de los cabellos sueltos». Maeterlinck considera esos nombres verdaderos «esfuerzos felices y conmovedores de la poesía popular».

Y quizás tenga razón.

Porque mucho antes de que alguien escribiera un poema sobre una flor, seguramente alguien la miró y encontró en sus pétalos, en sus colores o en su forma algo que le recordó otra cosa.

Cabellos.

Estrellas.

Sangre.

Sol.

Amor.

Entonces le puso un nombre.

Las flores entraron así no solamente en nuestros jardines, sino también en nuestro lenguaje.

Del aroma de una flor a un perfume

También hemos aprendido a transformar algunas características de las flores en productos que forman parte de nuestra vida cotidiana.

Uno de los ejemplos más antiguos y evidentes es el perfume.

Rosas, jazmines, violetas, flores de naranjo y muchas otras especies fueron cultivadas durante siglos para aprovechar sus aromas. El propio Maeterlinck dedica un apartado completo de La inteligencia de las flores a este tema, titulado precisamente «Los perfumes». Allí describe la región francesa de Grasse y los antiguos procedimientos mediante los cuales se extraían y conservaban los aromas florales, entre ellos la destilación y el llamado enfleurage (pp. 38-41).

Aquí el uso humano de la flor es diferente. No se trata solamente de mirarla o de atribuirle un significado. Intentamos guardar algo de ella.

Capturar un aroma que naturalmente desaparecería.

Y quizás esa búsqueda también nos diga algo sobre nuestra relación con las flores: muchas veces intentamos conservar precisamente aquello que sabemos que será pasajero. Aquí también podríamos hablar del prensado botánico y floral, en un intento por conservar lo máximo posible aquello que el curso natural tendería a borrar. 

Una misma flor, muchas historias

Después de recorrer algunos de estos ejemplos podemos volver a mirar una flor cualquiera de otra manera.


Para la planta continúa siendo una extraordinaria estructura relacionada con su reproducción. Como vimos en nuestro post anterior, sus colores, aromas, formas, polen y néctar forman parte de complejas relaciones con otros seres vivos. 

Pero para nosotros puede ser muchas otras cosas al mismo tiempo.

Puede convertirse en recuerdo.

        En regalo.

        En símbolo.

        En perfume.

        En obra de arte.

        En tradición.

        En señal de identidad.

En una manera de decir algo cuando no encontramos las palabras adecuadas.

Maeterlinck llegó a ver en las flores incluso un ejemplo para los seres humanos de perseverancia e ingeniosidad. Tal vez no sea necesario ir tan lejos para comprender algo más sencillo: desde que convivimos con ellas, las flores no solamente forman parte de la historia de las plantas. También forman parte de nuestra historia.


Y la próxima vez que encontremos una flor en la Chacra, en una plaza, sobre una mesa, en un ramo o creciendo al borde de un camino, además de preguntarnos qué especie es o quién la poliniza, podemos hacernos otra pregunta:

¿Qué historias habremos construido los seres humanos alrededor de ella?

Para reflexionar

  • Pensá en algún momento importante de tu vida o de tu familia. ¿Había flores? ¿Por qué creés que estaban allí?

  • ¿Conocés alguna flor que tenga un significado especial en Uruguay, en tu familia o en otra cultura?

  • Si tuvieras que elegir una flor para representar un recuerdo, un sentimiento o un lugar importante para vos, ¿cuál elegirías? ¿Por qué?







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